ricardo gallego diaz, cuba
Excelentes momentos de madurez, plenos de tonos nostálgicos, exentos de misericordia, compasión o clemencia.
Tiempo que no debemos dejar de pasar nunca, sin enaltecer el arte de hacer deleites y repartirlo a los demás.
Etapa de socializar nuestra imagen como retrato viviente,
colmado de milagrosos saltos y de pura alquimia.
Fuerza que triunfa sobre los más temerosos, savia inteligente que fluye lentamente con el empuje de un artista
que lucha por ver su obra infinita.
Cauces persistentes de una madurez lúcida,
que se hace sensible frente a todo rasgo de ternura.
Acentos de pura inocencia delante del arrollador paso de generaciones, que desfilan raudas y crudas para cederle sitio en nuestra rara memoria.
Ritual diario de verse el alma y la cara, sin ir al espejo,
formas cordiales de resistir la factura consentida de los jóvenes,
que no nos amilanan para darles una mano segura,
y así, calar los complejos compromisos del desánimo con la hondura dramática de un creador que cree en el poder de tenerlo todo.
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Por lobitogabriel - 6 de Diciembre, 2005, 16:02, Categoría: poesia
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